El hombre abrió los ojos y vio que ya era de día. Se levantó de la cama y luego de pasar por el baño, fue a la cocina, abrió la garrafa y encendió la hornalla. Puso agua en un jarro y le agregó cuatro cucharadas de yerba. Una vez roto el hervor, la coló y la puso en una botella de sidra, le colocó el tapón y metió la botella en un morral de cuero junto con un pan algo endurecido que sacó de la despensa. Se vistió y se abrigó. Luego salió hacia el corral. Tomó la montura y ensilló al caballo que la noche anterior había dejado ahí. Abrió la tranquera, pasó caminando con el animal a su lado y la cerró. Luego montó y se dirigió hacia los cuadros del sur. Cuando llegó al puesto del molino del sur, bajó del caballo y después de atar sus riendas al alambre, se sentó en una de las paredes derruídas de la tapera y sacó el mate cocido y el pan. Desayunó en silencio mirando cómo se disipaba la neblina y luego armó un cigarrillo y lo fumó. Un rato más tarde, entre las vacas, notó algunas moscas alrededor de un ternero. Tomó el lazo del costado de la montura y lo sujetó, enrrollado de manera prudente, con la mano derecha, mientras con la izquierda llevaba las riendas. Taloneó al caballo y se acercó al ternero al trote. Tuvo que apurar el paso cuando el pequeño animal comenzó a correr, zigzagueante, por el campo, pero al fin pudo acercarse y echarle el lazo. El pobre bicho se enredó en la soga de cuero tirante y cayó. El hombre entonces bajó del caballo y se acercó, espantando con unos ademanes a la vaca que lo miraba amenazante. Ajustó el lazo dando unas vueltas más alrededor de las patas y observó el ombligo. Estaba embichado. Fue hasta el caballo, tomó el curabicheras y buscó un palito en el suelo. Agarró el ombligo y echó un chorro largo de fluido azul en el agujero. Esperó un rato hasta que vio salir al primer gusano. Después, con el palito, comenzó a escarbar el orificio sacando los demás. Eran de color blanco, tirando a gris y se retorcían por los efectos del curabicheras. Con las dos manos presionó el sitio de la herida y comprobó que no había nada más. Finalmente buscó un poco de bosta seca y armó una especie de tapón que, después de empaparlo en el remedio, metió en el hueco que habían dejado los gusanos. Un poco de curabichera en la punta de la cola y lo desató. Se acercaba el mediodía y quería llegar al boliche de Zavala antes de que se acabara la comida del día. Otra vez sobre el caballo, sacó la bolsa con el tabaco y un papel y armó otro cigarrillo. Lo encendió armando una cueva con las manos entre las cuales quedó el fósforo al resguardo del viento. Siguió recorriendo las vacas hasta que le pareció que no quedaba nada para ver y se dirigió al pueblo.
Llegó más cerca de la siesta que de la mañana y se sentó en una mesa después de atar al flete en la puerta. Pidió al viejo el plato del día y al rato el cocinero le trajo guiso con pan y vino. Comió despacio y cuidó el vino para que le durara hasta el último bocado. Luego se recostó en la silla y se quedó descansando, esperando a que el sol bajara un poco. Habrán sido cerca de las tres de la tarde cuando Jorge González entró al boliche y se acercó a su mesa, pidiéndole permiso para sentarse. Luego de los saludos y las preguntas de rigor sobre el clima, el suelo y la lluvia, siguieron los chismes sobre la gente del pueblo, a los que Esteban no prestó la menor atención. El tipo hablaba con voz pausada pero sin detenerse, como si los signos de puntuación no existieran, y Esteban hacía un esfuerzo inhumano para que no se le cerraran los ojos. En uno de esos instantes en los que no sabía si lo que escuchaba era real o parte de sus sueños, justo en ese umbral en el que tenemos un pie en una dimensión y el otro en la otra, escuchó su nombre, su verdadero nombre, no el que allí conocían. Abrió los ojos inmediatamente y pidió otro vaso de vino a Don Zavala. Jorge González hablaba de un tipo que los milicos buscaban hacía algunos años y que ya habían dado por perdido, pero ahora nueva información había venido de Buenos Aires y habían sacado una nueva orden de búsqueda. Pacientemente escuchó los detalles que El González le dio y los grabó en su memoria. Luego pagó y se marchó en su caballo, con un armado en la boca, rumbo a no sabía dónde.
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
miércoles, 12 de noviembre de 2008
martes, 11 de noviembre de 2008
Día diecinueve
El lubricante tiene como función formar una película entre las partes móviles del motor a fin de evitar el rozamiento entre estas. Si el aceite no llega a cubrir los espacios entre las piezas, estas entran en contacto produciéndose rozamiento, el cual libera energía en forma de calor, que a su vez deforma a las piezas hasta el punto en que ya no pueden moverse libremente. En ese momento se dice que el motor “se clava” ya que, debido a la falta de lubricación, la fuerza producida por la combustión, es menor a la fuerza del rozamiento haciendo detener su marcha.
Gran Enciclopedia del Automóvil, 1958.
Ya era tarde cuando se dio cuenta de lo que pasaba. La luz roja que destellaba en el tablero desde hacía rato indicaba que el motor se había fundido pero Esteban sólo lo comprendió cuando el auto fue disminuyendo su velocidad hasta quedar parado en el medio de la calle. Fue entonces que bajó y, después de dar la vuelta hasta la otra puerta y abrirla, tomó a Lucía en sus brazos y la llevó casi cuatro cuadras hasta la puerta de la casa. Las luces estaban encendidas, por lo que suponía que debía haber alguien dentro. Enérgicamente golpeó la puerta con el pie y esperó a que le abrieran. Nunca pensó que los hijos de Lucía pudieran llamar a la policía, y se sorprendió cuando lo encañonaron para aprehenderlo. Por mucho que trató, no pudo hacerles comprender a los uniformados que ella debía tomar su medicamento cuanto antes y antes de poder hacer nada, Lucía era trasladada en ambulancia hacia el hospital Posadas y él en un patrullero hacia la comisaría primera de Morón. No sabía qué hacer. Sentía en su propio cuerpo la necesidad de Martina de estar con él, su pedido de auxilio desde algún lugar remoto. Lucía en el hospital no resistiría mucho tiempo sin sus pastillas y los médicos no serían capaces de saber qué era lo que tenía. Con seguridad iba a perderla, pero todavía podía salvar a Martina. Sólo debía calmarse y concentrarse en lo que los policías que iban adelante pensaban. Tenía que encontrar la forma de deshacerse de ellos. Hacer que detuvieran el patrullero antes de llegar a la comisaría porque de lo contrario le sería más difícil salir de ahí. Inhaló profundamente y sostuvo el aire por unos segundos en sus pulmones, luego habló con voz profunda:
- Oficial Ojeda, Ramón Ojeda ¿no? ¿Sabía Usted que hay un problema en su familia?
El policía lo miró por el espejo con cara de cansancio y siguió conduciendo sin responderle.
- El problema está relacionado con su mujer, Ana Escudero –disparó Esteban certeramente y esta vez le pareció que el pez había picado.
- ¿Qué te pasa con mi mujer? ¿De dónde la conocés? –dijo el oficial, sin preocuparse demasiado por lo que el detenido le decía. Hacía muchos años que trabajaba en la departamental de Morón y demasiada gente lo conocía.
En ese momento se dio cuenta de que nunca podría salir de una situación así y que lo mejor sería dejar a Lucía en la puerta, tocar el timbre y huir lo más rápido posible para llegar a salvar a Martina.
Su hija estaba en peligro, la sentía pidiendo socorro y tenía que encontrar la forma de llegar hasta ella antes de que le hicieran algo, así que saltó por la pared del fondo y, una vez en la calle, caminó velozmente hacia el bar. Tenía que hablar con Raquel para ver si sabía algo de la persona que estaba con Martina. Aceleró el paso, frenando el impulso cada vez que iba a comenzar a correr y pudo llegar al teléfono público. Llamó. Tardó un rato en calmarse, después de lo cual Raquel le dijo lo poco que sabía sobre el nuevo amigo de Martina. No era mucho.
Pidió una ginebra y se sentó en una mesa en el fondo de la sala. Estaba cansado. No tenía fuerzas para nada y no sabía por dónde comenzar. Apoyó la cara en su brazo y cerró los ojos. Cuando los abrió no entendió hasta después de unos segundos qué era lo que pasaba. El sitio se encontraba en penumbras y no había nadie en las otras mesas. La puerta principal se encontraba cerrada y la persiana metálica, baja. Se levantó y caminó hasta la puerta trasera desde donde un resplandor difuso se colaba por el espacio que quedaba hasta el piso. Giró el picaporte y tiró, pero el viento no lo dejó moverla. Tuvo que tomarla con las dos manos para poder abrirla y la corriente de aire que se formó cuando lo logró, lo empujó hacia fuera, donde el sol lo cegó. Apenas sus ojos se acostumbraron a la luz, vio el abismo del otro lado de la baranda y se pegó contra la pared. Se trataba de un angosto balcón que se extendía a lo largo de la pared interminable. El color blanco del mármol lo inundaba todo dificultando en todo momento la visión de las cosas. Esteban se tapó los ojos con las manos y caminó junto a la pared tratando de no mirar hacia abajo. Caminó por unos minutos, tal vez un cuarto de hora, hasta llegar a una ventana. Trató de abrirla pero no pudo, y fue entonces cuando vio del otro lado del vidrio la silueta de Martina sentada sobre la cama.
Gran Enciclopedia del Automóvil, 1958.
Ya era tarde cuando se dio cuenta de lo que pasaba. La luz roja que destellaba en el tablero desde hacía rato indicaba que el motor se había fundido pero Esteban sólo lo comprendió cuando el auto fue disminuyendo su velocidad hasta quedar parado en el medio de la calle. Fue entonces que bajó y, después de dar la vuelta hasta la otra puerta y abrirla, tomó a Lucía en sus brazos y la llevó casi cuatro cuadras hasta la puerta de la casa. Las luces estaban encendidas, por lo que suponía que debía haber alguien dentro. Enérgicamente golpeó la puerta con el pie y esperó a que le abrieran. Nunca pensó que los hijos de Lucía pudieran llamar a la policía, y se sorprendió cuando lo encañonaron para aprehenderlo. Por mucho que trató, no pudo hacerles comprender a los uniformados que ella debía tomar su medicamento cuanto antes y antes de poder hacer nada, Lucía era trasladada en ambulancia hacia el hospital Posadas y él en un patrullero hacia la comisaría primera de Morón. No sabía qué hacer. Sentía en su propio cuerpo la necesidad de Martina de estar con él, su pedido de auxilio desde algún lugar remoto. Lucía en el hospital no resistiría mucho tiempo sin sus pastillas y los médicos no serían capaces de saber qué era lo que tenía. Con seguridad iba a perderla, pero todavía podía salvar a Martina. Sólo debía calmarse y concentrarse en lo que los policías que iban adelante pensaban. Tenía que encontrar la forma de deshacerse de ellos. Hacer que detuvieran el patrullero antes de llegar a la comisaría porque de lo contrario le sería más difícil salir de ahí. Inhaló profundamente y sostuvo el aire por unos segundos en sus pulmones, luego habló con voz profunda:
- Oficial Ojeda, Ramón Ojeda ¿no? ¿Sabía Usted que hay un problema en su familia?
El policía lo miró por el espejo con cara de cansancio y siguió conduciendo sin responderle.
- El problema está relacionado con su mujer, Ana Escudero –disparó Esteban certeramente y esta vez le pareció que el pez había picado.
- ¿Qué te pasa con mi mujer? ¿De dónde la conocés? –dijo el oficial, sin preocuparse demasiado por lo que el detenido le decía. Hacía muchos años que trabajaba en la departamental de Morón y demasiada gente lo conocía.
En ese momento se dio cuenta de que nunca podría salir de una situación así y que lo mejor sería dejar a Lucía en la puerta, tocar el timbre y huir lo más rápido posible para llegar a salvar a Martina.
Su hija estaba en peligro, la sentía pidiendo socorro y tenía que encontrar la forma de llegar hasta ella antes de que le hicieran algo, así que saltó por la pared del fondo y, una vez en la calle, caminó velozmente hacia el bar. Tenía que hablar con Raquel para ver si sabía algo de la persona que estaba con Martina. Aceleró el paso, frenando el impulso cada vez que iba a comenzar a correr y pudo llegar al teléfono público. Llamó. Tardó un rato en calmarse, después de lo cual Raquel le dijo lo poco que sabía sobre el nuevo amigo de Martina. No era mucho.
Pidió una ginebra y se sentó en una mesa en el fondo de la sala. Estaba cansado. No tenía fuerzas para nada y no sabía por dónde comenzar. Apoyó la cara en su brazo y cerró los ojos. Cuando los abrió no entendió hasta después de unos segundos qué era lo que pasaba. El sitio se encontraba en penumbras y no había nadie en las otras mesas. La puerta principal se encontraba cerrada y la persiana metálica, baja. Se levantó y caminó hasta la puerta trasera desde donde un resplandor difuso se colaba por el espacio que quedaba hasta el piso. Giró el picaporte y tiró, pero el viento no lo dejó moverla. Tuvo que tomarla con las dos manos para poder abrirla y la corriente de aire que se formó cuando lo logró, lo empujó hacia fuera, donde el sol lo cegó. Apenas sus ojos se acostumbraron a la luz, vio el abismo del otro lado de la baranda y se pegó contra la pared. Se trataba de un angosto balcón que se extendía a lo largo de la pared interminable. El color blanco del mármol lo inundaba todo dificultando en todo momento la visión de las cosas. Esteban se tapó los ojos con las manos y caminó junto a la pared tratando de no mirar hacia abajo. Caminó por unos minutos, tal vez un cuarto de hora, hasta llegar a una ventana. Trató de abrirla pero no pudo, y fue entonces cuando vio del otro lado del vidrio la silueta de Martina sentada sobre la cama.
Etiquetas:
Cuentos,
desnuda,
la mente desnuda,
mente,
prosa
Día dieciocho, más tarde.
Un galpón, un hombre atado a una silla, sus ropas empapadas en sangre. Otro hombre tirado en el suelo a su lado. Tiene el cráneo destrozado por la salida de una bala y un charco enorme de sangre y seso rodea su cabeza. El hombre atado a la silla trata de moverse. Se empuja hacia atrás y cae de espaldas sobre la sangre, salpicando un poco hacia los lados. Con el pie derecho enfundado en un trapo sucio, mueve un cuchillo y lo trata de acercar hacia su mano. Al final puede ponerse de costado y logra tomar el cuchillo con las manos al tiempo que el dolor de la rodilla deshecha se vuelve insoportable. Luego de varios intentos corta la soga que lo tenía preso y queda tendido en el suelo, agotado. Cierra los ojos.
Una casa oscura entre árboles y maleza. Persianas bajas, entre las rendijas se asoman unas líneas de luz difusa. Cuatro personas yacen en su interior. Dos hombres esperan ansiosos al lado del teléfono. Otro, camina de una pared a la otra mientras fuma. Una mujer joven, con las manos en la cara, llora sentada en una cama. Se levanta, camina dos pasos hasta la puerta e intenta abrirla sin éxito. Luego se dirige a la ventana y observa la persiana. La correa está cortada y las maderas son demasiado pesadas para levantarlas con la mano. Además, del otro lado se adivinan unas rejas que de todos modos le impedirían escapar. Vuelve a la cama y se sienta. Otra vez vuelven las lágrimas a sus ojos.
Un auto viejo se desliza por la autopista a la mayor velocidad que pueden ir sus gastadas gomas. En el interior un hombre aplasta el pedal del acelerador contra el piso sin hacer caso de la luz roja que se prende, intermitente, en el tablero. La mujer a su lado casi no respira. A la misma velocidad con la que venía, el auto sale de la autopista y comienza a circular por una calle. Un semáforo en rojo no detiene su marcha y algunos vehículos deben realizar violentas maniobras para evitar colisionar con él.
Una casa oscura entre árboles y maleza. Persianas bajas, entre las rendijas se asoman unas líneas de luz difusa. Cuatro personas yacen en su interior. Dos hombres esperan ansiosos al lado del teléfono. Otro, camina de una pared a la otra mientras fuma. Una mujer joven, con las manos en la cara, llora sentada en una cama. Se levanta, camina dos pasos hasta la puerta e intenta abrirla sin éxito. Luego se dirige a la ventana y observa la persiana. La correa está cortada y las maderas son demasiado pesadas para levantarlas con la mano. Además, del otro lado se adivinan unas rejas que de todos modos le impedirían escapar. Vuelve a la cama y se sienta. Otra vez vuelven las lágrimas a sus ojos.
Un auto viejo se desliza por la autopista a la mayor velocidad que pueden ir sus gastadas gomas. En el interior un hombre aplasta el pedal del acelerador contra el piso sin hacer caso de la luz roja que se prende, intermitente, en el tablero. La mujer a su lado casi no respira. A la misma velocidad con la que venía, el auto sale de la autopista y comienza a circular por una calle. Un semáforo en rojo no detiene su marcha y algunos vehículos deben realizar violentas maniobras para evitar colisionar con él.
Etiquetas:
Cuentos,
desnuda,
la mente desnuda,
mente,
prosa
miércoles, 1 de octubre de 2008
Día dieciocho
Ayudame, agarralo de las piernas. Entre los dos bajaron al hombre del baúl y lo arrastraron hasta el galpón. Demasiado pesado para ser tan flaco. Lo sentaron en una silla. Parecía dormido. Garmendia pasó sus brazos para atrás y lo ató a la silla con una soga de nylon fina mientras Esteban bajaba a Lucía del auto y la acostaba en un sillón. Sabés que te van a buscar ¿no?, fue lo primero que dijo Ferrari cuando Garmendia le sacó la cinta de la boca. El hombre estaba destruido por el viaje y en su cara se adivinaban algunos golpes, pero mantenía la calma y si no se encontrara atado y con un revólver apuntándole a la sien, se diría que tenía el control de la situación. El destino. Construimos nuestro destino, casi siempre, pero todo lo que hacemos, ya está predicho de antemano. Callate, no hables hasta que yo te pregunte. Vos me vas a matar, lo sé yo, lo saben ellos, lo saben desde hace mucho. Basta, callate te dije, Esteban, traeme el velador. Garmendia (papá, dónde estás) estás loco, mirá cómo está Lucía, está temblando. Dejate de joder, ya se le va a pasar. No, no se le va a pasar, si no toma las pastillas, nunca se le va a pasar. Lucía va a morir igual que yo. Dijo Ferrari. Garmendia tomó el velador y le rompió la lamparita dejando al descubierto los alambres que sostienen el filamento. Luego buscó una botella para llenarla con agua. Se desesperó al ver que de las canillas no salía nada. Abrió una alacena, otra y otra más. Debajo de la mesada encontró un sifón medio vacío. Lucía temblaba como una hoja y transpiraba. Ya no reconocía a nadie y Esteban no sabía qué hacer. Quería frenar a Garmendia, de alguna forma, pero no podía dejar sola a Lucía. Y también quería saber qué era lo que pasaba. El sifón no tiene gas, ¿por qué no usás agua del tanque del inodoro? Callate, callate hijo de puta. Garmendia, preso de cólera, golpeó a Ferrari en la cara con la culata del revolver y la sangre que saltó manchó una de las paredes. ¿Quiénes son?¿Por qué nos dieron las pastillas?¿Cómo sabían todo sobre nosotros?¿Eh? Contestame, hijo de puta, contestame. Asestó un nuevo golpe en la otra mejilla y abrió un surco profundo del que brotó un borbotón de sangre oscura. Ferrari sonreía. Sonreía y eso lo desesperaba aún más a Garmendia. A ver, Ferrari, decime. Parecía más calmado. ¿Quién está detrás de todo?¿Por qué a nosotros?¿Hay más gente con La Enfermedad? Decime todo y te dejamos ir. No metas a los otros en esto, porque sos vos, sólo vos ¿O acaso necesitás de ellos para darte fuerzas? Garmendia bajó la cabeza como asintiendo (papá, vení). Ferrari tenía razón, había metido a Esteban y a Lucía en un lugar del que no podrían salir. La única salida estaba en Ferrari. Debía sacarle todo lo que el tipo sabía, incluyendo cómo salir de esa situación. Buscó de nuevo en la cocina, abriendo uno por uno los cajones. Volvió con un cuchillo en la mano. Desató uno de los pies de Ferrari y le sacó el zapato. También la media. Tomó un dedo, el mayor y comenzó a cortarlo con el cuchillo. Cuando llegó al hueso debió detenerse porque el cuchillo, sin mucho filo, ya no avanzaba. ¿Por qué no elegiste el dedo chiquito? Preguntó Ferrari. Ese hubiera sido más fácil de cortar. Garmendia, gritó, con lágrimas en los ojos. Porque quería hacerte doler lo más posible, para que me digas todo, ¿Entendés? Todo. (papá, te necesito) Me tenés que decir todo. ¿Por qué nos hicieron esto? Y apoyando el revólver en una de las rodillas del tipo, disparó, destrozando carne y hueso, salpicando con sangre alrededor. Ferrari gimió y por un segundo pareció que iba a hablar, pero luego cerró los ojos y alzando la cara hacia el techo, sonrió. Ya está escrito, Garmendia, ya sé que voy a morir, vos vas a morir, Esteban y Lucía van a morir. Martina va a morir. Esteban oyó el nombre y se levantó de un salto. Empujó a Garmendia a un lado y se acercó hasta Ferrari. Tu hija Martina. Ellos la tienen, y cuando yo muera, ella también va a morir. Es una trampa, Esteban, te quiere convencer, quiere ponerte en mi contra ¿no lo ves?. Diciendo esto, Garmendia se acercó de nuevo a Ferrari y lo tomó del cuello. El hijo de puta te quiere poner en mi contra. Luego sintió un ruido leve, como un zumbido en el aire, viniendo de atrás. No se dio cuenta de que era una silla lo que le pegaba en la cabeza hasta que cayó al suelo. Esteban entonces tomó el revólver y se lo puso en la boca a Garmendia. Luego disparó. Buscó unos trapos y le vendó las heridas a Ferrari, sin desatarlo. Alzó a Lucía en sus brazos y la llevó de vuelta al auto. Las ruedas dejaron una marca en el pasto y el humo negro del escape quedó flotando en el aire por un rato, una vez que el auto se perdió en la oscuridad.
Etiquetas:
Cuentos,
desnuda,
la mente desnuda,
mente,
prosa
lunes, 29 de septiembre de 2008
Día diecisiete, un rato antes
Dos pibes descalzos caminaban por las vías con piedras en las manos. El más alto, con mocos colgando de la nariz, empujó al más chico hacia atrás y ambos saltaron detrás de un tambor de doscientos litros a la espera del tren. Las piedras del más chico sólo alcanzaron las ruedas, internándose entre los boogies del segundo vagón. Las del mayor golpearon sin fuerza el vidrio de una ventana, detrás del cual una pareja conversaba.
- Te dije que no era muy lindo el viaje, a veces de la villa tiran piedras
- Pobres
- ¿Qué?
- Nada, no importa. No sé, es todo tan raro. No sé cómo explicarlo. Recién nos conocemos y ya sabés todo de mí. ¿Nos habremos conocido en otra vida?
- Quizás. Pero eso no influye. Quiero que estemos juntos.
- Yo también –dijo Martina, mientras miraba cómo las chapas de las casillas pasaban delante de sus ojos.
El viaje se hizo largo, pero al final las metálicas ruedas rechinaron y los que se amontonaban en las puertas se apresuraron a bajar. Algunos saltaron al andén mientras el tren todavía se movía. Ellos bajaron casi al final, cuando estaba por arrancar de nuevo, y caminaron hacia la salida. Un foco amarillento iluminaba el único cartel y despedía algunos destellos que dejaban ver la sucia vereda. Ya sobre la calle tomaron un auto de alquiler.
Tengo miedo. No sé por qué accedí. Santiago es bueno, creo, pero estamos tan lejos de todo. No nos va a pasar nada. No nos va a pasar nada. Y tiene razón, mientras más lejos de todos los lugares conocidos estemos, más seguros vamos a estar. Ojalá haya visto el mensaje que le dejé. Y su cara… no puedo saber qué piensa. Con él nunca pude, y ese misterio fue lo que me atrajo.
- ¿Por qué estás serio? ¿Tenés miedo?
- Sí, pero no a lo mismo que vos. Tengo miedo a otra cosa. Otras cosas que van más allá de lo que somos vos y yo.
- Decime, por favor. Quiero saberlo todo.
- No lo entenderías. Además ya llegamos.
El auto frenó frente a una enorme casa perdida entre matorrales y árboles frondosos. Después de bajar, Santiago sacó un manojo de llaves y abrió un candado que cerraba el portón de hierro descascarado. Caminaron por lo que quedaba de un camino entre la maleza y entraron en la oscura casa. Martina sintió algunas voces, como murmullos, pero ya estaba adentro y Santiago había cerrado con llave. Cuando se encendieron las luces, vio a los hombres que se acercaron y la tomaron de las manos. Santiago pidió que no le hicieran daño, pero nadie contestó una palabra.
- Te dije que no era muy lindo el viaje, a veces de la villa tiran piedras
- Pobres
- ¿Qué?
- Nada, no importa. No sé, es todo tan raro. No sé cómo explicarlo. Recién nos conocemos y ya sabés todo de mí. ¿Nos habremos conocido en otra vida?
- Quizás. Pero eso no influye. Quiero que estemos juntos.
- Yo también –dijo Martina, mientras miraba cómo las chapas de las casillas pasaban delante de sus ojos.
El viaje se hizo largo, pero al final las metálicas ruedas rechinaron y los que se amontonaban en las puertas se apresuraron a bajar. Algunos saltaron al andén mientras el tren todavía se movía. Ellos bajaron casi al final, cuando estaba por arrancar de nuevo, y caminaron hacia la salida. Un foco amarillento iluminaba el único cartel y despedía algunos destellos que dejaban ver la sucia vereda. Ya sobre la calle tomaron un auto de alquiler.
Tengo miedo. No sé por qué accedí. Santiago es bueno, creo, pero estamos tan lejos de todo. No nos va a pasar nada. No nos va a pasar nada. Y tiene razón, mientras más lejos de todos los lugares conocidos estemos, más seguros vamos a estar. Ojalá haya visto el mensaje que le dejé. Y su cara… no puedo saber qué piensa. Con él nunca pude, y ese misterio fue lo que me atrajo.
- ¿Por qué estás serio? ¿Tenés miedo?
- Sí, pero no a lo mismo que vos. Tengo miedo a otra cosa. Otras cosas que van más allá de lo que somos vos y yo.
- Decime, por favor. Quiero saberlo todo.
- No lo entenderías. Además ya llegamos.
El auto frenó frente a una enorme casa perdida entre matorrales y árboles frondosos. Después de bajar, Santiago sacó un manojo de llaves y abrió un candado que cerraba el portón de hierro descascarado. Caminaron por lo que quedaba de un camino entre la maleza y entraron en la oscura casa. Martina sintió algunas voces, como murmullos, pero ya estaba adentro y Santiago había cerrado con llave. Cuando se encendieron las luces, vio a los hombres que se acercaron y la tomaron de las manos. Santiago pidió que no le hicieran daño, pero nadie contestó una palabra.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Día diecisiete
Desde la esquina se veía la silueta de un auto parado enfrente de su casa. A esa distancia y con lo oscura que estaba la tarde, no llegaba a descubrir si se trataba de algún conocido. Por las dudas dio una vuelta manzana y apareció del otro lado. Desde más cerca parecía el auto de Garmendia. Caminó sin prisa hasta ahí y vio dos siluetas dentro. Garmendia le hizo una seña para que subiera atrás. La otra silueta era la de Lucía.
Al principio no quiso entender lo que pasaba, pero todo parecía confirmar que lo que le había dicho ella se estaba volviendo real. Lucía parecía enferma, se había levantado de la cama para subir al auto de Garmendia porque quería evitar lo que este tenía pensado hacer. Las razones de Esteban fueron las mismas. Ferrari podía ser un hijo de puta y podía estar trabajando para una corporación que digitaba todo lo que ellos, los de las voces, hacían o dejaban de hacer, pero Garmendia estaba loco y había que pararlo.
Calle Primera Junta, acceso oeste hacia Luján. Las luces de la autopista se esfumaban detrás de la llovizna. En el peaje, un policía se acercó para mirar el deteriorado auto en el que viajaban. Esteban tenía dos opciones, tratar de contarle lo que pasaba, quedando como un loco y con grandes posibilidades de que no hiciera más que reírse, o dejar todo como estaba y esperar a que el uniformado se diera cuenta por sí mismo que algo no andaba bien dentro del vehículo. Si el tipo hubiese sido un poco más perspicaz, si hubiera mirado en el asiento del acompañante. Pobre Lucía. Pero nada de eso pasó. Antes de llegar a su lado, el policía tomó su radio e hizo una mueca cuando la puso junto a su oído. Luego se dio la vuelta y se marchó a paso veloz. Garmendia pisó el acelerador y el auto avanzó hacia el interior de la noche.
Estiró su mano y tomó la de Lucía que dormitaba en el asiento de adelante. Estaba caliente. Ella abrió los ojos y, girando la cabeza, lo miró y sonrió por un instante. Luego siguió durmiendo. El medicamento que ella tomaba no era el mismo que tomaban Garmendia y él, por eso se opuso a que ella dejara de tomarlo. Pero Garmendia insistió y la convenció. Y ahora había caido enferma.
Todo lo llevaba a pensar que no tendría que haberse metido en eso. Su vida era una miseria, yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa, todos los días, sin nadie que lo esperara ni que pensara en él, pero tampoco tenía que preocuparse por nadie. Se había vuelto un hermitaño, pero estaba cómodo. ¿Sería posible que dentro de él ese aburrimiento lo incitara a abordar el barco de Garmendia? No lo sabía, pero ahora se encontraba en manos de un loco, viajando hacia no sabía dónde, con Lucía enferma y un tipo maniatado en el baúl.
Al principio no quiso entender lo que pasaba, pero todo parecía confirmar que lo que le había dicho ella se estaba volviendo real. Lucía parecía enferma, se había levantado de la cama para subir al auto de Garmendia porque quería evitar lo que este tenía pensado hacer. Las razones de Esteban fueron las mismas. Ferrari podía ser un hijo de puta y podía estar trabajando para una corporación que digitaba todo lo que ellos, los de las voces, hacían o dejaban de hacer, pero Garmendia estaba loco y había que pararlo.
Calle Primera Junta, acceso oeste hacia Luján. Las luces de la autopista se esfumaban detrás de la llovizna. En el peaje, un policía se acercó para mirar el deteriorado auto en el que viajaban. Esteban tenía dos opciones, tratar de contarle lo que pasaba, quedando como un loco y con grandes posibilidades de que no hiciera más que reírse, o dejar todo como estaba y esperar a que el uniformado se diera cuenta por sí mismo que algo no andaba bien dentro del vehículo. Si el tipo hubiese sido un poco más perspicaz, si hubiera mirado en el asiento del acompañante. Pobre Lucía. Pero nada de eso pasó. Antes de llegar a su lado, el policía tomó su radio e hizo una mueca cuando la puso junto a su oído. Luego se dio la vuelta y se marchó a paso veloz. Garmendia pisó el acelerador y el auto avanzó hacia el interior de la noche.
Estiró su mano y tomó la de Lucía que dormitaba en el asiento de adelante. Estaba caliente. Ella abrió los ojos y, girando la cabeza, lo miró y sonrió por un instante. Luego siguió durmiendo. El medicamento que ella tomaba no era el mismo que tomaban Garmendia y él, por eso se opuso a que ella dejara de tomarlo. Pero Garmendia insistió y la convenció. Y ahora había caido enferma.
Todo lo llevaba a pensar que no tendría que haberse metido en eso. Su vida era una miseria, yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa, todos los días, sin nadie que lo esperara ni que pensara en él, pero tampoco tenía que preocuparse por nadie. Se había vuelto un hermitaño, pero estaba cómodo. ¿Sería posible que dentro de él ese aburrimiento lo incitara a abordar el barco de Garmendia? No lo sabía, pero ahora se encontraba en manos de un loco, viajando hacia no sabía dónde, con Lucía enferma y un tipo maniatado en el baúl.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Día tres
En su casa no tenía más que unas botellas sucias y dos atados de cigarrillos empezados. La heladera vacía, salvo por una olla con restos de comida que en algún momento había echado hongos y que ahora estaban secos. En la alacena nada más que cucarachas y alguna que otra polilla compitiendo por dos o tres migas de lo que alguna vez fue un paquete de Criollitas. El mate tenía la yerba dura como una piedra y no pudo sacarla del todo para armar uno nuevo. No importaba mucho, ya que una vez que lo llenara de nuevo y le pusiera agua caliente no se iba a notar. El timbre sonó puntual a las seis y media y Garmendia, con pasos arrastrados, abrió la puerta sin mirar quién era.
– Creí que no ibas a venir –dijo con esa voz arenosa de vivir de ginebra y cigarrillos negros.
– Siempre vengo –contestó Esteban.
– ¿Querés un mate? Recién lo preparo.
– No. Tengo acidez.
– Sentate –le dijo, al tiempo que le alcanzaba un vaso sucio y se lo llenaba de ginebra de la más barata– tenés que escuchar esto.
– …
– Ferrari no es médico.
– ¿Cómo sabés?¿estudiaste ingeniería con él?
– A veces podés ser tan forro. No te imaginás las ganas de cagarte a piñas que me dan cuando decís cosas como esa. No, busqué en el registro de médicos, no figura.
– ¿Y? puede ser que nunca se haya matriculado o que hayas buscado en el registro equivocado. Qué se yo, pueden ser tantas cosas. La verdad es que no me importa. Para el caso, es lo único que tengo, lo único que tenemos.
– ¿Pero no entendés que eso confirma lo que siempre pensamos?
– Pensaste –dijo Esteban, mientras comenzaba a buscar algo en los cajones del aparador– ¿dónde tenés las pastillas?
– No tengo, no las tomo más –dijo Garmendia, y se quedó mirando con una admiración casi siniestra cómo cambiaba la cara de Esteban.
– No seas pelotudo, dame las pastillas. Ya me duele la cabeza. ¿dónde están?
– Las tiré por el inodoro el miércoles –le contestó riéndose como si fuera una broma.
Esteban comenzó a transpirar y llegó hasta la puerta con intenciones de marcharse del lugar. Había dejado la billetera en el cajón de la oficina y podría correr hasta allí para llegar antes de que las voces comenzaran a gritar. Pero Garmendia había cerrado con llave y no lo iba a dejar salir. El tipo era mucho más fuerte que él y por más que luchara, no iba a poder salir del lugar si el otro no lo dejaba. Entonces trató de calmarse, se sentó en el sillón destartalado y bebió el vaso de ginebra de un trago.

En un principio parecía que las voces no iban a llegar nunca, pero al rato se dio cuenta de que era demasiado tarde para hacer nada: podía escuchar lo que cada una de las personas del sucio conventillo pensaba sin poder separar a quién pertenecía cada uno de los pensamientos. A cada segundo nuevas voces se iban sumando sin parar y parecía no haber límites en la cantidad de cosas que escuchaba. Llenó otro vaso y se lo tomó sin respirar mientras Garmendia lo miraba extasiado. Faltaban segundos nomás para que la cabeza le explotara, como en esa película que había visto en los ochenta, cuando se recostó en el sillón con los ojos cerrados y las manos tapándose las orejas. Parecía que su cerebro se inflaba con cada pensamiento que escuchaba y que la presión haría que su cráneo estallara manchando la casa de Garmendia. Por lo menos ese hijo de puta no se la iba a llevar de arriba, pensó, sino que tendría muchísimo trabajo limpiando los pedazos de masa encefálica mezclados con trozos de hueso, piel y pelos desparramados por el living. Y luego tendría que dar explicaciones a la policía y quizás algunos días se podría comer en cana. Pero nada de eso pasó, sino que se quedó dormido. Y soñó.
– Creí que no ibas a venir –dijo con esa voz arenosa de vivir de ginebra y cigarrillos negros.
– Siempre vengo –contestó Esteban.
– ¿Querés un mate? Recién lo preparo.
– No. Tengo acidez.
– Sentate –le dijo, al tiempo que le alcanzaba un vaso sucio y se lo llenaba de ginebra de la más barata– tenés que escuchar esto.
– …
– Ferrari no es médico.
– ¿Cómo sabés?¿estudiaste ingeniería con él?
– A veces podés ser tan forro. No te imaginás las ganas de cagarte a piñas que me dan cuando decís cosas como esa. No, busqué en el registro de médicos, no figura.
– ¿Y? puede ser que nunca se haya matriculado o que hayas buscado en el registro equivocado. Qué se yo, pueden ser tantas cosas. La verdad es que no me importa. Para el caso, es lo único que tengo, lo único que tenemos.
– ¿Pero no entendés que eso confirma lo que siempre pensamos?
– Pensaste –dijo Esteban, mientras comenzaba a buscar algo en los cajones del aparador– ¿dónde tenés las pastillas?
– No tengo, no las tomo más –dijo Garmendia, y se quedó mirando con una admiración casi siniestra cómo cambiaba la cara de Esteban.
– No seas pelotudo, dame las pastillas. Ya me duele la cabeza. ¿dónde están?
– Las tiré por el inodoro el miércoles –le contestó riéndose como si fuera una broma.
Esteban comenzó a transpirar y llegó hasta la puerta con intenciones de marcharse del lugar. Había dejado la billetera en el cajón de la oficina y podría correr hasta allí para llegar antes de que las voces comenzaran a gritar. Pero Garmendia había cerrado con llave y no lo iba a dejar salir. El tipo era mucho más fuerte que él y por más que luchara, no iba a poder salir del lugar si el otro no lo dejaba. Entonces trató de calmarse, se sentó en el sillón destartalado y bebió el vaso de ginebra de un trago.

En un principio parecía que las voces no iban a llegar nunca, pero al rato se dio cuenta de que era demasiado tarde para hacer nada: podía escuchar lo que cada una de las personas del sucio conventillo pensaba sin poder separar a quién pertenecía cada uno de los pensamientos. A cada segundo nuevas voces se iban sumando sin parar y parecía no haber límites en la cantidad de cosas que escuchaba. Llenó otro vaso y se lo tomó sin respirar mientras Garmendia lo miraba extasiado. Faltaban segundos nomás para que la cabeza le explotara, como en esa película que había visto en los ochenta, cuando se recostó en el sillón con los ojos cerrados y las manos tapándose las orejas. Parecía que su cerebro se inflaba con cada pensamiento que escuchaba y que la presión haría que su cráneo estallara manchando la casa de Garmendia. Por lo menos ese hijo de puta no se la iba a llevar de arriba, pensó, sino que tendría muchísimo trabajo limpiando los pedazos de masa encefálica mezclados con trozos de hueso, piel y pelos desparramados por el living. Y luego tendría que dar explicaciones a la policía y quizás algunos días se podría comer en cana. Pero nada de eso pasó, sino que se quedó dormido. Y soñó.
Día dos
– ¿Alguna vez le bajaste la dosis a alguien para ver que pasaba?
– Sí, al principio hicimos muchas pruebas para ver la reacción de la gente, hasta encontrar la dosis exacta de droga que permitía controlar las voces sin los efectos colaterales.
– ¿Y dejaron el trabajo por la mitad?
– Más allá de tu comentario sarcástico, fue lo mejor que pudimos hacer con las herramientas que teníamos, trabajando en la clandestinidad, sin ayuda oficial ni nada por el estilo, para curar el Mal. Hoy el grupo de científicos que estudió la enfermedad y su posible cura, tiene puesto el foco en tratar de disminuir esas alucinaciones.
– Garmendia dice que no son alucinaciones, y yo estoy empezando a creer lo mismo. ¿Ves estas marcas? Ayer soñé que estaba con una mujer y a la mañana desperté con esto.
– Es llamativo cómo la psiquis puede influir en la parte física de un individuo ¿nunca escuchaste el término psicosomático?
– Sí, lo escuché alguna vez que trataron de explicarme algo que no sabían cómo explicar.

Camino a su casa pensó en María. A estas alturas ya debería tener quince años y estaría pensando en alguno de los chicos que le gustaba. La vida estaba pasando frente a él y no podía hacer nada para subirse a ella. Cruzó la calle y se metió en el bar.
– Sí, al principio hicimos muchas pruebas para ver la reacción de la gente, hasta encontrar la dosis exacta de droga que permitía controlar las voces sin los efectos colaterales.
– ¿Y dejaron el trabajo por la mitad?
– Más allá de tu comentario sarcástico, fue lo mejor que pudimos hacer con las herramientas que teníamos, trabajando en la clandestinidad, sin ayuda oficial ni nada por el estilo, para curar el Mal. Hoy el grupo de científicos que estudió la enfermedad y su posible cura, tiene puesto el foco en tratar de disminuir esas alucinaciones.
– Garmendia dice que no son alucinaciones, y yo estoy empezando a creer lo mismo. ¿Ves estas marcas? Ayer soñé que estaba con una mujer y a la mañana desperté con esto.
– Es llamativo cómo la psiquis puede influir en la parte física de un individuo ¿nunca escuchaste el término psicosomático?
– Sí, lo escuché alguna vez que trataron de explicarme algo que no sabían cómo explicar.

Camino a su casa pensó en María. A estas alturas ya debería tener quince años y estaría pensando en alguno de los chicos que le gustaba. La vida estaba pasando frente a él y no podía hacer nada para subirse a ella. Cruzó la calle y se metió en el bar.
Día uno
Como todas las mañanas, Esteban se despertó del dolor de cabeza que tenía. Se sentó en la cama frotándose las sienes y buscó en el cajón el blister de Puredata. Sacó dos pastillas, las puso en la palma de la mano y se las tragó sin beber nada. Esperó mirando el techo a que las voces se callaran un poco y luego comenzó a vestirse. Era muy tarde y no creía poder llegar a tiempo a la oficina. Seguramente su jefe no iba a decirle nada, pero lo miraría con esa cara de severidad que tiene cuando algo no le gusta.
Ya en la calle, comenzó a caminar a paso veloz para llegar lo antes posible hasta su auto, pero mientras más rápido caminaba, menos avanzaba. Era como si, de alguna forma, la vereda se deslizara bajo sus pies como esas cintas para correr que hay en los gimnasios. Y por más que se esforzara en correr, la cinta corría en dirección contraria y las cosas parecían quedar siempre en el mismo lugar. Entonces se rindió y se dejó llevar. Llegó junto al vehículo con la sensación de haber caminado durante horas y quiso abrir la puerta para sentarse a descansar en su interior. Pero había olvidado las llaves en su cuarto, y ahora recordaba que habían quedado en el cajón, justo al lado de las pastillas. Quiso salir de ahí. De alguna forma había logrado entrar al auto sin usar las llaves pero no podía salir. Las puertas no tenían manijas y habían desaparecido los botones que accionaban las ventanillas. Todo el interior del auto parecía estar cubierto con tela, como si fuera una sábana, la misma sábana de su cama. Con gran desesperación, corrió la tela de su cara y entendió que todavía estaba en la cama.

Eran las cinco de la mañana y faltaban dos horas para que sonara el despertador. Por la persiana enrejada entraban los primeros rayos de luz que rebotaban por todo el cuarto como si hubiera una bola de espejos en el techo. Le dolía la cabeza y oía las voces como si vinieran desde el departamento de al lado. Abrió el cajón y sacó dos Puredata para tomarlas con el vaso de agua que había dejado en la mesa de luz la noche anterior. Se levantó y fue hasta el baño, orinó sin mirar y luego se pasó agua por la cabeza para mitigar el dolor. Se tendió en la cama y así quedó hasta que a las siete finalmente sonó la alarma.
En el andén dejó pasar dos trenes esperando que llegara ella. Aunque no apareció, subió en el tercero porque iba a llegar tarde y no era día para soportar miradas inquisidoras. El tren iba repleto, la gente se apretaba contra las puertas y en cada estación seguían subiendo más y más. Siguiendo la masa informe de personas a la que en ese momento pertenecía, se fue corriendo hacia el interior del vagón como si todo el grupo fuera un único fluido viscoso. Llegó hasta el medio entre dos puertas y se quedó extasiado mirándola. Estaba sentada mirando pasar la ciudad por la ventana, sin que nada de lo que pasara dentro del tren la afectara. Deseó no haber tomado las pastillas para poder saber qué pensaba, qué hacía, qué sentía. Una tarde hace un tiempo había sentido que ella pensaba en alguien. Fue aquella vez en la que se le terminaron las píldoras y no tenía más encima. Pero recordaba con pesar la desesperación por llegar a su casa y cómo en su cabeza las voces iban llenando cada rincón hasta hacerla casi estallar. A partir de ese día, nunca dejó de llevar una dosis extra de Pure escondida en su billetera y nunca más pudo sentir algo de lo que ella pensaba.
Ya en la calle, comenzó a caminar a paso veloz para llegar lo antes posible hasta su auto, pero mientras más rápido caminaba, menos avanzaba. Era como si, de alguna forma, la vereda se deslizara bajo sus pies como esas cintas para correr que hay en los gimnasios. Y por más que se esforzara en correr, la cinta corría en dirección contraria y las cosas parecían quedar siempre en el mismo lugar. Entonces se rindió y se dejó llevar. Llegó junto al vehículo con la sensación de haber caminado durante horas y quiso abrir la puerta para sentarse a descansar en su interior. Pero había olvidado las llaves en su cuarto, y ahora recordaba que habían quedado en el cajón, justo al lado de las pastillas. Quiso salir de ahí. De alguna forma había logrado entrar al auto sin usar las llaves pero no podía salir. Las puertas no tenían manijas y habían desaparecido los botones que accionaban las ventanillas. Todo el interior del auto parecía estar cubierto con tela, como si fuera una sábana, la misma sábana de su cama. Con gran desesperación, corrió la tela de su cara y entendió que todavía estaba en la cama.

Eran las cinco de la mañana y faltaban dos horas para que sonara el despertador. Por la persiana enrejada entraban los primeros rayos de luz que rebotaban por todo el cuarto como si hubiera una bola de espejos en el techo. Le dolía la cabeza y oía las voces como si vinieran desde el departamento de al lado. Abrió el cajón y sacó dos Puredata para tomarlas con el vaso de agua que había dejado en la mesa de luz la noche anterior. Se levantó y fue hasta el baño, orinó sin mirar y luego se pasó agua por la cabeza para mitigar el dolor. Se tendió en la cama y así quedó hasta que a las siete finalmente sonó la alarma.
En el andén dejó pasar dos trenes esperando que llegara ella. Aunque no apareció, subió en el tercero porque iba a llegar tarde y no era día para soportar miradas inquisidoras. El tren iba repleto, la gente se apretaba contra las puertas y en cada estación seguían subiendo más y más. Siguiendo la masa informe de personas a la que en ese momento pertenecía, se fue corriendo hacia el interior del vagón como si todo el grupo fuera un único fluido viscoso. Llegó hasta el medio entre dos puertas y se quedó extasiado mirándola. Estaba sentada mirando pasar la ciudad por la ventana, sin que nada de lo que pasara dentro del tren la afectara. Deseó no haber tomado las pastillas para poder saber qué pensaba, qué hacía, qué sentía. Una tarde hace un tiempo había sentido que ella pensaba en alguien. Fue aquella vez en la que se le terminaron las píldoras y no tenía más encima. Pero recordaba con pesar la desesperación por llegar a su casa y cómo en su cabeza las voces iban llenando cada rincón hasta hacerla casi estallar. A partir de ese día, nunca dejó de llevar una dosis extra de Pure escondida en su billetera y nunca más pudo sentir algo de lo que ella pensaba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)