martes, 17 de junio de 2008

Día catorce

Estoy en una casa vacía. En realidad es una casa sin muebles, pero que no está vacía. Hay gente. Hay otra gente además de mí. Me veo a mí mismo recorriendo los ambientes de la casa. Entro en la cocina y reviso los cajones debajo de la mesada. Abro la heladera y saco una botella de agua. La dejo sobre la mesada y sigo buscando en la alacena. Me veo viejo, más viejo de lo que soy. Como si tuviera diez años más. Las arrugas en mi cara lo denotan. Mi ropa tiene un estilo antiguo, muy pasado de moda. Y los colores no combinan. Pero eso no importa porque la casa está en penumbras y los demás no aparecen. Me veo llegar hasta la sala de estar. Una botella ha aparecido en mi mano derecha y me detengo en el lugar a beber del pico. Tenés que cuidarte, me dice mi otro yo. No dejes que te sorprendan porque la vas a pagar caro, agrega. Y luego me mira a los ojos y, haciéndome una seña, me invita a seguirlo: fijate lo que te digo, vos no sos como Garmendia, me explica mientras sube una escalera conmigo pisándole los talones. Mi otro yo luce como yo pero más viejo. Y no solo más viejo, hay algo grave en su mirada, en sus gestos, en la forma de hablar. Algo en él (en mí) indica que tiene más experiencia, que ha vivido cosas más trascendentes que yo. Por eso se ve más viejo. No es lo físico, es el semblante, la forma de moverse. Las pausas que hace cuando habla.
Llegamos hasta la puerta de un cuarto en la planta alta y me deja (me dejo) lugar para entrar solo. Abro la puerta sin saber que hay detrás pero dando por hecho que lo que voy a ver no va a ser agradable. De todos modos no tengo miedo. En la cama estoy yo mismo, o mejor dicho una tercera versión de mi mismo, con una mujer. Ella, aparentemente dormida, yace recostada sobre su lado derecho, mirando hacia el costado de la cama. Yo estoy boca arriba, fumando. Acabamos de tener sexo. Con una mano busco su espalda para acariciarla y cuando la toco me doy cuenta de que está sollozando. ¿Qué pasa?, le pregunto casi susurrando. Estoy tan acostumbrado a su melancolía continua que la tristeza me resulta indiferente. Desde que estamos juntos no hemos pasado un día entero sin angustias, por lo que su llanto no me afecta en lo más mínimo e incluso me parece despreciable. Pero esta vez siento que ha pasado algo verdaderamente importante, algo que lo ha cambiado todo. Ella se da vuelta y me mira con esas miradas que tienen algunas mujeres cuando ya no hay vuelta atrás. No necesita decirme nada. Todas mis sospechas se ven perfectamente fundadas con esa mirada y no puedo evitar lo que sigue. Mi cuerpo deja de responder y comienza a manejarse solo, como si fuera una marioneta de algo que no era mi propia conciencia. Desde al lado de la cama puedo ver cómo yo (mi tercer yo) asfixio a Lucía presionándole el cuello hasta que deja de moverse. Luego veo que vuelvo la cabeza hacia mí pero me doy cuenta de que ya no soy más yo, sino el serbio que maté en el túnel de la estación de Haedo. Cuando él se da cuenta de que yo lo observo, baja de la cama con un salto y queda a mi lado, exudando ese olor que nunca voy a olvidar. Gracias, me dice, en un idioma que no es castellano, pero que igual comprendo. Voy hasta la cama a ver la mujer que ya no es Lucía sino Martina. La tomo en brazos y salgo del cuarto con ella, pero la sábana queda enredada en su cuerpo sin vida y me entorpece el paso. Intento bajar por la escalera sin lograrlo: tropiezo y caigo dando tumbos unos escalones abajo. En la caída suelto a Martina y la sábana que la envuelve, y cuyo extremo está todavía en la cama, la lleva de nuevo hacia arriba. En vano trato de asirla mientras sigo cayendo unos peldaños más.
Ya definitivamente en el suelo, me incorporo al lado de mi segundo yo, que soy como ahora, pero más viejo. Me tiende una mano para ayudarme, pero cuando quedo a su altura, noto que no soy más yo sino Ferrari.

Día trece

Buenos Aires, 28 de mayo de 1989
Latin America Press International
Científicos de la Universidad de Martin Laurence, Minnesota, Estados Unidos, lograron crear un modelo computacional basado en la interpretación de imágenes de un escáner cerebral. Esto permite, basados en la forma y color representados en las imágenes, tener una idea cabal de lo que el sujeto está pensando en ese momento. Las pruebas fueron realizadas sobre noventa y tres personas de distintos lugares del globo y dieron resultados positivos en un 98,7 %. Estudios realizados en Moscú en la década del 70, habían demostrado que las imágenes de resonancia magnética pueden detectar actividad cerebral cuando el sujeto piensa sobre una palabra determinada. Luego de la caída del muro y el derrumbe de la Unión Soviética, muchos científicos emigraron a los EEUU llevando consigo la vital información que, una vez decifrada, permitió que los investigadores desarrollaran un modelo binario con el cual la computadora puede determinar correctamente la palabra que la persona pensaba. El Doctor Michael Andrews, líder del proyecto y referente mundial sobre la materia, explica que el modelo se construyó en base a …

– Hola ¿Esteban?
– ¿Quién habla?
– Raquel. Necesito hablarte. Es sobre Martina.
– ¿Qué pasó?
– Nada, no pasó nada. Estuvo preguntando por vos, ayer. Hacía varios días que la veía con ganas de hablarme, quería decirme algo, hasta que ayer no pude evitarla más y me encaró. No sabía que decirle. Empecé con rodeos, que no sabía dónde encontrarte, que te habías ido, yo que sé, la cuestión es que al final le terminé contando todo.
– ¿Todo qué?
– Todo, lo de la enfermedad, de los ataques, del tiempo en que no supe nada de vos, y lo poco que sabía de cómo estabas ahora.
– Vos no entendés. No me puede ver como estoy ahora. No puedo encontrarme con ella. ¿Qué le voy a decir?¿Que la abandoné porque oía voces? No, no puedo, no puedo.
– Hay algo más, algo que me dijo sobre las voces.
– ¿Qué?
– Algo sobre las voces. Yo nunca mencioné una palabra enfrente de ella, pero de alguna manera sabía lo de las voces.
– No sé, Raquel, no sé. Tengo que cortar.
– Martina te va a buscar y te va a encontrar.
– Chau Raquel

Esteban colgó el teléfono y buscó el diario con el artículo que estaba leyendo. Quiso retomar la lectura pero le fue imposible. Dejó el diario en el sillón y salió al balcón. Llovía de nuevo sobre las calles desiertas y las lámparas del alumbrado público expelían una bruma blanca que se disipaba hacia arriba. En la esquina algunos autos pasaban y enfrente un auto oscuro esperaba con el motor encendido. Con los vidrios oscuros no logró ver quiénes estaban adentro, pero supuso que esperaba a alguien.
No quería que su hija lo viera en esas condiciones. Muchas veces había soñado con el reencuentro, pero otras eran las condiciones con las que soñaba para ese momento. Ahora se veía como un león en la jaula de un circo, después de haber estado enfermo, perdiendo toda dignidad posible y con las manos llenas de sangre, después de haber matado a otra persona en el túnel de la estación.
De pronto sintió algunas voces mezcladas, y sin poder interpretar bien lo que decían, supo que venían del auto estacionado enfrente. En ese instante comprendió lo que esa gente estaba haciendo y corrió hacia la puerta para bajar y ver quiénes eran los que lo vigilaban, pero cuando llegó el auto ya estaba cerca de la esquina y dobló por Rivadavia hacia el lado del centro.
La lluvia lo golpeó con fuerza en la cara.

miércoles, 11 de junio de 2008

Día doce

Después del colegio, Martina bajó del colectivo y se dispuso a caminar las cuatro cuadras que separaban la parada de la casa, cuando se dio cuenta de que un auto la esperaba. Algunas personas no se dan cuenta de las diferencias entre cosas a las que no les da mayor importancia. Un hombre promedio puede decir marca y modelo de auto y hasta el año de fabricación, pero por supuesto que este no era uno de esos casos: Martina creyó que era su novio. Hacía algunos días que se habían distanciado. “Sos difícil” le dijo él mientras ella miraba televisión después de haber discutido durante todo el domingo y ella se encargó de que eso fuera lo último que le dijera ese día. Luego no se volvieron a hablar en toda la semana. El novio llamó dos veces sólo para darse cuenta de que ella no lo quería ver ni oir y después desapareció como hacía siempre que se peleaban. Martina no soportaba que la quisieran manejar y mucho menos que fuera él el que quisiera hacerlo. “No sé por qué sigo con vos, si sos un tarado”, le decía, mientras él se comía las manos para no darle una bofetada.
Al principio, la sensación de libertad la embargó como cada vez que se pelaban, pero ya había pasado demasiado tiempo desde el domingo y comenzaba a extrañarlo. Odiaba ese momento de debilidad en el que su cuerpo exigía algo que su mente había decidido olvidar. ¿Por qué siempre el cuerpo era más fuerte que la mente? odiaba ceder a sus impulsos pero nunca podía evitarlo. Iba a seguir sin mirarlo siquiera, pero sus propias piernas desviaron su camino y llegó hasta la puerta del auto al tiempo que desde adentro bajaban la ventanilla y ella descubría que el conductor no era su novio. Se echó hacia atrás haciendo un gesto de disculpas con la mano y al volver sobre sus pasos tropezó con otro hombre. Sus carpetas se desparramaron por el piso y sintió mucho dolor cuando se dobló la muñeca al apoyarse en el suelo. El hombre la sujetó de los hombros como si hubiera sabido que ella iba a caer en ese momento y se hubiera preparado para recibirla en sus brazos. Luego dejó que se incorporara y le ayudó a recoger sus cosas, devolviéndoselas Mientras la miraba directamente a los ojos, le dijo:
– Tendrías que tener algo más de cuidado, esta zona es muy peligrosa.
– Sí, gracias, es que creí que era otra persona
– No te hagas problema, ya me parecía, Martina.
Al oir su nombre en boca de ese desconocido, Martina sintió que un escalofrío le corría por la espalda y entendió que su encuentro no fue casual. Luego todo se volvió confuso: parecía uno de esos sueños en los que uno quiere hacer algo pero desesperadamente hace otra cosa. Quería correr, correr a toda velocidad hasta su casa, pero sus piernas no le respondían. O mejor dicho, le respondían como en una película en cámara lenta. El piso se hundía bajo sus pies y las suelas de sus zapatos se pegaban al suelo sin soltarla. Escuchó cómo detrás de ella corrían otros pasos ¿o serían los ecos de los propios? y sintió que la tomaban del pelo para no dejarla huir. Cuatro cuadras nomás la separaban de su casa, pero ellos podían correr más rápido. ¿Por qué había faltado tanto a las clases de gimnasia? Ahora necesitaba más que nunca estar en buen estado y su cuerpo seguía sin responderle. Quizás si hubiera fumado un poco menos, ahora podría correr unos metros más rápido, lo suficiente para librarse del hombre que la seguía. Pero de todos modos ellos tenían el auto y encima la calle era mano hacia su casa. Cuatro cuadras nomás. Pero las cuatro cuadras más largas de su vida. Mientras corría buscó la llave en los bolsillos para no perder tiempo cuando llegara a la puerta pero fue peor, porque, sin poder sostenerla, se le cayó al suelo. En casa podría tocar el timbre y esperar a que mamá abriera, pero sabía que iba a pasar demasiado tiempo en la puerta y, además, ellos podrían tomar la llave y copiarla para venir a buscarla después. Se agachó a recogerla, tambaleando para no caer presa de la inercia que llevaba y rompió sus uñas contra la vereda al levantarla. Ubicó la llave principal y la metió en la cerradura. La giró y abrió la puerta corriendo hacia el interior. Cerró la puerta y esperó unos segundos. Luego fue hasta la ventana y antes de bajar la cortina, pudo ver un auto oscuro que pasaba lentamente por la calle, frente a su casa.

lunes, 2 de junio de 2008

Día once

El plan era simple: llevar a Ferrari al galpón abandonado de la quinta de Garmendia y sacarle toda la información que tuviera. Lástima que esas cosas sólo salen bien en las películas. La gente común está destinada a hacer cosas comunes. Las epopeyas están reservadas para los héroes y Esteban distaba mucho de ser uno. Lo que pasó en el túnel, defender a Lucía, pasó no tanto porque quisiera ayudar a alguien indefenso sino porque le estaban invadiendo su propiedad. Inconscientemente Esteban consideraba a Lucía como suya, y no iba a dejar que nadie se metiera con sus cosas. Si la había ayudado en ese túnel podrido, era porque no pudo soportar que alguien le pasara por arriba. En realidad ese era el único motivo que lo impulsaba a actuar, a moverse. No soportar cuando alguien se metía en sus cosas. El problema, la mayoría de las veces radicaba en no darse cuenta de la invasión hasta que ya era demasiado tarde: o ya no podía hacer nada para evitarla, o la única salida era explotar. Y en el túnel explotó. El diario del día siguiente publicó la noticia del serbio muerto en el túnel de la estación de Haedo, que fue hallado con la cabeza aplastada por la máquina de expender boletos. Los investigadores hablaron de la mafia de los balcanes y un supuesto ajuste de cuentas, y ninguna de las crónicas nombró al tipo con las manos ensangrentadas que salió del andén acompañado por una mujer en la noche lluviosa.
Las siguientes noches después de la del túnel, Esteban acompañó a Lucía hasta la casa. Se esperaban mutuamente en la estación de Once y viajaban juntos hasta Haedo. Luego caminaban las tres o cuatro cuadras –que a Esteban le parecían cortísimas– hasta llegar a la puerta de la casa de ella y allí se quedaban un rato sin decirse nada. Luego él la veía entrar y cerrar la puerta y se marchaba a su casa. Una vez, Lucía le tomó la mano y Esteban se sintió feliz. Fue cuando un auto oscuro se acercó a la vereda y frenó cerca de ellos. Era un viejo preguntando una dirección, pero Lucía se asustó y se aferró a Esteban como si fuera su protector. Y en cierto modo se había convertido en eso: él no podía dejar de pensar en ella en ningún momento y no soportaba la idea de que alguna vez podía perderla. Por primera vez en años, sentía que su vida tenía algo de sentido, algo por lo que no valía la pena dejarse morir. Pero, como todo en esta vida, la felicidad nunca es plena sino que viene acompañada de toruosos obstáculos que hay que sortear. Garmendia, Ferrari, Las Voces, el Puredata, eran los obstáculos para llegar a sentirse completamente feliz, y lucharía contra ellos para sacarlos del camino, pasara lo que pasara. Sin embargo, luchar contra eso, era hacerle caso a Garmendia y creer en todo lo que decía. Creerle eso de que ellos no eran más que unos simples conejitos de indias y que La Corporación los estaba usando para investigar no sé qué cosas de la comunicación sin dispositivos. Era demasiado inverosímil ¿Quiénes eran ellos sino unos míseros mortales, comunes y silvestres? ¿Qué tenían de especial?. Para Esteban todo se reducía a una rara enfermedad y un investigador soñando con un premio por sus investigaciones y le atribuía la culpa de sus pesares precisamente a la enfermedad de las voces. Sin embargo, algo había en lo que decía Garmendia que Esteban creía sin quererlo: las pastillas no servían para nada y prudentemente nunca le dijo a Ferrari que había dejado de tomarlas.
El plan era simple: Garmendia quería secuestrar al médico para saber si la enfermedad había nacido con ellos o si había sido creada e inoculada como si fueran ratas de laboratorio. No, en realidad, lo que quería Garmendia, era probar que estaba en lo cierto y que efectivamente ellos eran ratas de laboratorio y no descansaría hasta demostrarlo con hechos. Esteban y Lucía no estaban de acuerdo con el método pero sí querían conocer la verdad y deshacerse de Ferrari, de Garmendia y su famosa Corporación, de las pastillas, para finalmente poder ser ellos mismos.

Día diez

A la tarde, Lucía tomó el tren de las ocho y diez en Once. La lluvia no paraba y dentro del vagón había un olor nauseabundo a gente sucia. Era el mismo olor de siempre, de todos los días, que la lluvia aumentaba y exageraba. Consiguió ubicarse cerca de la puerta, contra la mampara, y pudo estar en paz entre el movimiento de la gente. En el viaje pensó en lo que había pasado, en Garmendia y el otro, ¿Esteban, dijo que se llamaba?. Le parecía que lo había visto ya otras veces, pero no recordaba en qué ámbito. Quizás fuera allí mismo, en el tren, que se lo había cruzado alguna vez. Todo era posible en ese tren de mierda. Mucha gente viajaba a las horas en que ella lo hacía, y ella siempre bajaba la vista para no mirar a nadie. Un poco por no ver la pobreza de la gente y otro poco por no provocar a los hombres que podían entender cualquier cosa. Había perdido la cuenta de cuántas veces la tocaron o le insinuaron cosas. Era una lucha contínua a la que nunca se acostumbraba. Ahora mismo el tipo que estaba atrás le parecía tan sospechoso que decidió correrse unos metros para despegarse de él y su olor. Faltaba poco para bajar y se quedó cerca de la puerta. El hombre ya no estaba a la vista, y si lo estaba, ella no podía reconocerlo porque no lo había mirado. Cuando bajó en la estación, ya estaba muy oscuro y la lluvia no paraba. Caminó hacia el centro del andén, donde estaba la entrada al túnel que la llevaría al otro lado y así podría caminar unas pocas cuadras hasta su casa. La mitad de las luces de la estación estaban quemadas y la otra mitad parpadeaba a causa de la lluvia que se metía entre los cables causando cortocircuitos. La mayoría de la gente había caminado más rápido que ella para no mojarse dejándola sola en el andén. Sola no, detrás se escuchaban unos pasos. Lucía se apuró para llegar antes al túnel, bajó las escaleras y frenó apenas dejó el último escalón. Ahí abajo las luces estaban apagadas, no se veía nada y no podía cruzar por ese atajo. Se volvió y quiso subir las escaleras para huir, pero al darse vuelta, el tipo del tren la tomó de las manos y la llevó dentro del túnel. Ella quiso gritar con todas sus fuerzas, pero lo único que salió de su boca fue un gemido agudo que no podría escuchar nadie más que ella y su captor. El hombre la empujó hacia adentro mientras le decía palabras que no entendía, le tomó las manos y la apoyó contra una de las paredes sucias de orín del túnel. La dio vuelta con destreza y le llevó la mano hacia la espalda, como hacen los policías cuando les ponen las esposas a los criminales, mientras le decía cosas en el oído que Lucía trataba de interpretar. Le estaba preguntando algo, pero no lograba entender qué era. Le dolía mucho el brazo y no tenía fuerzas para luchar, por lo que trató de calmarse para que el tipo también se calmara. Aflojó la tensión de su cuerpo y se dejó dominar por completo, tratando de entender las palabras que el hombre profería. Parecía un dialecto como el de los gitanos, si es que alguna vez había oído hablar a alguno. "Decime la verdad" era lo único que parecía decir en castellano. El resto eran palabras en otro idioma, dichas con la misma brutalidad con la que la sostenía. Si sólo pudiera entender qué era lo que el tipo quería, quizás podría responderle y entonces podría correr hasta su casa. Pero entendía cada vez menos, y cada vez estaba más lejos de la salida, yendo hacia el interior del túnel. Y lo peor era que los golpes se estaban transformando en manoseos y los gritos en gemidos. Con la mano que tenía libre, el tipo le desprendió el pantalón y se lo bajó hasta las rodillas. Luego comenzó a apretarle las nalgas como si fueran bollos de masa para hacer pan. Lucía sentía dolor por eso, pero más le dolía perder la dignidad en manos de esa bestia. Oyó el ruido del cierre del pantalón del hombre y sintió cómo corría con su mano sucia y putrefacta, la bombacha hacia un costado. Cerró los ojos esperando el empujón que le desgarraría el cuerpo y también el alma, y esos segundos le parecieron horas. Pensó en algo lindo, en algo agradable, pensó en el campo, para evadirse y no sentir lo que le estaba pasando. No quiso pensar en los hijos para no mezclarlos con la basura, y pensó en un prado con pastos verdes y algunas flores amarillas. En algún momento de su vida, quizás cuando era chica, había visto un campo con pastos verdes que había quedado grabado en su memoria, y que venía a su mente cada vez que quería ver una imagen bella. Con el paso de los años la imagen se había ido modificando y cada vez parecía más ideal, como de un cuento de hadas, con insectos multicolores volando entre las flores amarillas y aves cantando por todos lados. Pero el grito del hombre la devolvió a la realidad y a la inmundicia de ese túnel oscuro y hediento. Sintió cómo las manos del tipo trataron de aferrarse a ella para no caer, apretándola y llevándola hacia un costado hasta que se soltaron. El hombre yacía a su lado, tirado en el piso, retorciéndose de dolor y tratando de agarrar la mano de Lucía para incorporarse. Ella se corrió hacia un costado, subiéndose los pantalones y vio en la penumbra cómo Esteban, que había retrocedido para tomar carrera como si fuera a patear un penal, le daba una patada en la cabeza. Oyó el ruido de huesos romperse y después el silencio. Aterrada, agarró su cartera y corrió hasta la salida del túnel en donde esperó que todo terminara.
Al rato, Esteban salió del túnel y la acompañó a su casa. Mientras caminaban, la lluvia les iba limpiando, a él la sangre que tenía en las manos, a ella la mugre del cuerpo. No se dijeron nada en todo el camino, llegaron a la puerta y se despidieron sin mirarse.

miércoles, 16 de abril de 2008

Día nueve

Hubo un momento de la vida en el que éramos felices. Nunca supe bien cuándo fue el punto exacto en el que todo empezó a declinar y el barco comenzó a hundirse. Probablemente fue cuando me despidieron del trabajo, o quizás cuando estuve internado esos tres meses en el Muñiz. No lo sé. Lo único que sé es que perdí mi vida de un día para el otro y no me di cuenta.
No sé qué te habrá dicho mamá sobre mí, pero me gustaría que escuches mi versión de las cosas. Si encontrás que algo no coincide con lo que ya sabías, es porque mamá quiso protegerte y le pareció lo mejor para vos en ese momento.
Cuando vos tenías seis años me volví loco. No fue algo instantáneo sino que la cosa vino de a poco. Al principio fueron dolores de cabeza, al tiempo esos raros pensamientos y finalmente las voces. No me dejaban trabajar, pensar ni hacer nada. Las voces estaban en mi cabeza todo el tiempo. Eso fue lo que terminó por degradar lo poco que quedaba de mí a esas alturas. Los médicos no encontraban el origen del mal y fue por eso que me hicieron tantos estudios raros, esas resonancias y las tomografías. Finalmente alguien encontró un virus en mi sangre que podía tener relación con loq ue me pasaba. El tratamiento fue demasiado traumático para no saber si podía llegar a ser una cura y para entonces la relación con mamá se había deteriorado mucho. Al principio ella me apoyó y sostuvo con toda su vitalidad, pero cada vez se hacía más complicado tratar conmigo. Después tuvo que salir a trabajar para poder darte de comer y en mi locura creí que me dejaría abandonado por otro hombre. No soporté la idea y un día, después de un ataque, le pegué cuando regresaba del trabajo. Es algo de lo que voy a estar arrepentido toda mi vida, pero desde la distancia puedo ver que no era realmente yo el que estaba con ella en ese momento. Después de eso agarré mis cosas y las puse en un bolso y me fui. Viví un tiempo en la calle, bebiendo para evitar las voces en mi cabeza y durmiendo en las veredas del microcentro. No quería saber nada de más tratamientos y no quería volver al hospital, pero sabía que la única forma de curar lo que me pasaba era regresando y viendo al doctor que encontró al virus. Dos años después de la última internación volví a buscar al tipo del Muñiz.
Ahora las cosas ya están más calmadas. El doctor que me atendió aquella vez se había ido a trabajar a Estados Unidos pero me contactó con otro especialista que estaba haciendo estudios con gente como yo. El tratamiento fue duro otra vez pero después fue amenguando y finalmente sólo tuve que tomar unas pastillas para evitar las voces. Conseguí trabajo y, si bien no estoy de lo mejor, ya no soy lo que era.
Y mientras tanto nunca dejé de pensar en vos, en cómo estabas creciendo, en qué cosas te pasaban, qué cosas sentías y sobre todo, qué pensarías de mí. Es por eso que te escribo, para decirte lo mucho que te quiero y, aunque sé que es difícil, para estar con vos cuando me necesites.
Nunca te olvida,
Papá.

jueves, 3 de abril de 2008

Día ocho

El tipo caminaba más rápido que él. Por más que se apurara o diera pasos más largos, el otro siempre estaba adelante. Parecía que la gente se abría para darle paso y Esteban aprovechaba la estela de espacio sin gente que dejaba detrás para acelerar el ritmo. No sabía a dónde lo estaba llevando Garmendia pero parecía que iban a un encuentro muy importante. Hubiera preferido quedarse en su casa, pasando parte de enfermo en el trabajo, antes que salir con esta lluvia. Absorto en sus pensamientos, había dejado de oir las voces, y era reconfortante saber que ya nadie podía controlar su vida como lo habían hecho las pastillas de Ferrari. Desde que había dejado de tomarlas, rápidamente aprendió a seleccionar lo que quería oír y, aunque a veces la cosa parecía salirse de control y hasta pensara que la cabeza podía estallarle, siempre era mejor que las alucinaciones reales que tenía cuando las tomaba. Y ahora casi podía seleccionar lo que quería oír. Con solo mirar una persona o a veces simplemente con sólo visualizarla, venían a su mente las cosas que esta pensaba. Había hecho el ejercicio con varios de sus compañeros en la oficina y algunas veces también con la gente en la calle. El procedimiento era sencillo una vez que se aprendía. Lo difícil era dar con él a fuerza de prueba y error, pero al cabo de muchos intentos se acababa por aprenderlo. Consistía más que nada en concentrarse en determinada persona y enviarle lo que Esteban denominaba una señal de sondeo, que es como un pensamiento bien concreto (una aseveración matemática, un teorema, una fórmula, por ejemplo) que debe imaginarse en la mente de la otra persona. Al cabo de un rato, y sin dejar de pensar en ella, se recibía de vuelta el mismo pensamiento algo cambiado. Los cambios consistían en las cosas que la otra persona le había agregado al pensamiento original, de ahí la razón para que el pensamiento enviado fuera bien claro y cerrado como una fórmula de física. Una vez que se decodificaban los cambios realizados a la aseveración primitiva, se podía tener una idea de la forma de pensar de la persona y, lo que era más importante, el cerebro de Esteban podía interpretar los mensajes recibidos y así conocer el protocolo necesario para comunicarse con el otro. Como si cada cerebro tuviera una firma particular y esta pudiera ser extraida de sus pensamientos. Una vez conocida la firma cerebral, se sintonizaba el cerebro propio con el del otro y así podía haber una comunicación. Sólo que el otro interlocutor no interpretaría los pensamientos de Esteban como ajenos sino como propios, pensando que la fórmula que acababa de ocurrírsele no era más que una alucinación o una regresión a los días de clase en el colegio secundario, por ejemplo.
Y el resto del tiempo pensaba. Era la única forma de tapar el murmullo contínuo de voces anónimas que escuchaba. Por eso tuvo que buscar la forma de comunicarse con sólo una persona por vez, de seleccionar qué voces quería oír, algo que de otro modo lo habría vuelto loco, como el caso ese que siempre repetía Ferrari cuando alguien dudaba de sus tratamientos. Se trataba de un tipo que, oyendo cada vez más fuerte las voces de lo que pensaban los demás y creyendo que estas entraban por los oídos, se atravesó los tímpanos con un taladro y una mecha de cinco milímetros. Por supuesto, Garmendia nunca creyó semejante historia y él ahora comenzaba a no creerla también.
Mientras tanto, había perdido a su compañero, lo que por un lado era un alivio, ya que no tenía ganas de encontrarse con nadie, y menos a tratar el tema que iban a tratar. De todos modos, buscó por todas partes, miró a la gente que tenía a su alrededor y no lo vio. Volvió sobre sus pasos hasta la esquina anterior y se asomó a la vidriera del bar. Tuvo que volver a mirar para darse cuenta de que no era una alucinación y que en verdad ella estaba ahí. El pelo recogido, sumergida detrás de sus anteojos negros, tomaba café mientras anotaba algo en su libreta. Cada tanto miraba al que estaba con ella con cara de no entender nada de lo que el otro decía. El tipo hablaba exageradamente, haciendo ademanes. El tipo era Garmendia y hablaba con la mujer que había desvelado a Esteban desde hacía años.

jueves, 13 de marzo de 2008

Día siete

Lucía aceptó encontrarse con él siempre que fuera en un lugar público. Del otro lado del teléfono el hombre le señaló el bar que está en la estación de Once, que siempre está lleno de gente. Por más que repasara la conversación una y mil veces, no podía entender cómo la habían convencido. Después de buscar en el fondo de su mente alguna teoría que satisfaciera la incógnita, recordó que se había sentido sola. ¿Podía ser la soledad el detonante para realizar acciones sin sentido? Tenía una familia a la que proteger, hijos a los que cuidar. La razón le decía que eran muchos los riesgos que estaba tomando al encontrarse con este extraño hombre del que nada sabía, pero que notaba tan cercano. Muchas veces en su vida se había encontrado en una situación en la que, de haber hecho las cosas pensando, no habría estado. No quería que esta fuera una de esas veces, pero hoy su vida no tenía emociones. Incluso a veces extrañaba cuando podía escuchar lo que pensaban los demás.
No entendía mucho de lo que hablaba este hombre. Lo veía gesticular, moviendo las manos y hasta le daba vergüenza de que la vieran con él, tan desalineado y mal vestido. No obstante, algo le impedía retirarse y dejarlo hablando solo. Un poco por respeto y otro poco por esa sensación de conocerlo de antes, se quedó mirando casi sin oir lo que el tipo decía.
Pronto se vio envuelta en una maraña de datos que Garmendia le estaba dando sin detenerse. El hombre conocía a Ferrari, entendía lo que a ella le pasaba y hablaba de una conspiración contra todos los que sufrían el mal de las voces. El gobierno está detrás, repetía sin cesar, sin vergüenza de parecer un loco, mientras la gente lo miraba desde las mesas vecinas. Lucía sintió que su mente volvía a ese estado de caos en el que había estado hacía tanto tiempo y tuvo miedo de caer en una trampa de la que no podría salir. Pero, por otra parte, algo más fuerte que el miedo la impulsaba a seguir ahí, escuchando al loco que ya no lo parecía tanto.
Finalmente se excusó por la hora y dijo que debía marcharse, con cuidado de no parecer descortés. Se levantó de la silla y salió de la estación con una tormenta en la cabeza. ¿Quién era este hombre que sabía tanto sobre lo que le pasaba a ella? ¿Había más gente con el mismo mal? ¿Podía ser verdad que lo que les daba Ferrari no servía para curar la enfermedad? No lo sabía. Tampoco sabía si todo esto podía cambiar algo en su vida, pero estaba dispuesta a descubrirlo. Al día siguiente se encontrarían de nuevo para ver la carpeta con datos que había juntado Garmendia en este último tiempo.
Le pareció que alguien la seguía y apuró el paso para llegar a la oficina.

viernes, 29 de febrero de 2008

Día seis

Viernes 13/02/1995, 03:30 AM. Un auto negro con vidrios polarizados entra en el estacionamiento debajo del edificio Catalinas, en el barrio de retiro. De una de sus puertas traseras baja un hombre vestido con traje oscuro que entra en el ascensor y presiona el botón del último piso. Una vez sentado en un sillón de la sala de reuniones, espera a que se encienda el monitor y tiene una conversación en inglés con alguien que lo observa por una cámara en el centro de la mesa. Luego sale a la sala contigua y deja un sobre sellado a la secretaria que a su vez le entrega un recibo. Baja al subsuelo y sube al mismo auto negro. No está de acuerdo con lo que está haciendo, pero no tiene alternativas. Esa pobre gente, piensa, mientras mira por la ventanilla las luces de Buenos Aires.

viernes, 25 de enero de 2008

Día cinco

Ese día Ferrari encontró cambiado a Garmendia. Quizás finalmente el inhibidor estuviera haciendo el efecto esperado o simplemente esa mañana se había levantado con el pie derecho. El hombre presentaba el mismo deterioro físico de siempre, pero algo había cambiado en su humor. Estaba más dócil y casi ni hablaba, cuando siempre se había mostrado reacio a las pruebas y nunca había confiado en el médico. Como de costumbre, tomó los datos del encéfalografo y midió su presión. Nada había cambiado desde la última vez. Le pareció raro no encontrar su bolígrafo, siendo que era el instrumento que más usaba. Estaba seguro que lo había dejado sobre el escritorio al partir el paciente anterior y ahora no estaba. Salió un momento del consultorio y, maldiciendo en voz baja, se dirigió a la secretaria y le pidió un bolígrafo nuevo. En unos instantes estuvo de nuevo con su paciente y pudo anotar todos los resultados en la carpeta correspondiente. Entregó a Garmendia las píldoras y le recomendó que se alimentara mejor. El paciente asintió sin decir palabra y salió velozmente a la calle, como si algo lo corriera, como si llevara una brasa caliente en sus manos.
Con pasos largos, caminó hasta la esquina y subió al primer colectivo que pasó por ahí. Anduvo sin saber dónde estaba por casi una hora. Luego bajó y verificó el lugar donde había quedado. Buscó un teléfono público y discó el número que tenía anotado en su mano izquierda. Por el auricular del sucio aparato, oyó cómo llamaba sin recibir respuesta. Podía haberse equivocado al escribir o con el apuro podía haber leído mal el número de la carpeta. También podía ser que el tipo hubiera cambiado el número o se hubiera mudado y Ferrari no haya modificado el dato en el expediente.
Volvió a la casa ya de noche, con una botella de ginebra en una bolsa de naylon blanco, y lo primero que hizo fue transcribir el número a un cuaderno rotoso, antes de que la transpiración lo borrara totalmente de su mano. Luego abrió la botella y se sirvió en el vaso que el día anterior Esteban había dejado en la mesa. No tenía en claro qué hacer. Ni para qué había robado el número, ni qué le iba a decir a la persona que lo atendiera, ni qué haría con su vida ahora que las cosas estaban cambiando tanto. En este último tiempo todo lo que había dado por establecido se había desvanecido y la vida de encierro y desesperación mostraba una salida. No se acordaba bien cómo había comenzado todo, qué había sido el detonante. Esa inscripción en el baño de la estación, lo que le dijo aquella vez el mendigo de la calle Pasteur o simplemente una idea que se gestó en el fondo de su cabeza y que lo llevó, poco a poco, a dejar de tomar las pastillas. Tampoco sabía que iba a hacer con todo lo que estaba pasando y sólo tenía una cosa en claro: debía ayudar a los que eran como él, y la única forma era averiguando por qué el médico hacía eso con ellos.
Salió de nuevo a la calle y entró en un locutorio. Llovía de otra vez. Pidió una cabina y se sentó con el tubo en la mano. Miró el cuaderno y marcó el número. El sonido de la llamada salió por el auricular una vez, dos veces. En el fondo no sabía si quería que alguien atendiera o no, como si a último momento se hubiera arrepentido de hacer lo que estaba haciendo o para no defraudarse si no pasaba lo que estaba planeado. Quizás esa última razón fue la que lo mantuvo sin poder decir nada cuando, del otro lado de la línea, una mujer contestó.

jueves, 24 de enero de 2008

Día tres, por la tarde

Subió al andén apurando el paso porque ya venía el tren. Le dolieron los huesos al tratar de correr los pocos pasos que lo separaban de la boletería y consiguió el ticket justo antes de que el guarda diera su pitada anunciando la partida. De un salto entró en el vagón y las puertas se cerraron detrás casi atrapándole un pie. Caminó entre la gente, empujando algunos para un lado y otros para otro hasta llegar al centro, donde la densidad humana era algo menor. Se quedó inmóvil por un instante, recuperando el aliento y pensando en ella. No sabía si sería capaz de descubrirla entre la multitud y trató de formar una imagen en su mente de cómo sería su cabeza entre las cabezas de los demás. El pelo oscuro, atado hacia atrás en una cola de caballo que dejarían ver las puntas de sus orejas, el broche nacarado, el sweater verde manzana. Proyectó la imagen por todo el vagón, girando trescientos sesenta grados hasta completar un círculo, deteniéndose en cada una de las cabezas que tenía a la vista. Seguramente estaría en otro vagón o incluso en otro tren, pensó, pero algo le decía que estaba ahí, muy cerca de él. Segundos después la gente se abrió, formando un sendero en la selva de seres apisonados, por donde pudo divisar la misma imagen que se había hecho de ella hacía unos instantes. Caminó hacia ella, dispuesto a hablarle, decidido a decirle todo lo que le pasaba cuando estaba cerca de ella. Apoyo una mano en su hombro y esperó a que ella se diera vuelta. Ella giró lentamente sin siquiera mover las piernas, pivotando sobre su propio eje, como si hubiera estado parada sobre un disco giratorio y todo lo que estaba alrededor pareció esfumarse. El tren corría sobre las vías en una llanura ventosa y seca. Las ovejas se pegaban a los alambrados para ver el paso del convoy que hacía rechinar sus ruedas sobre los rieles y Esteban no podía creer que ella estuviera muerta. Los ojos abiertos pero sin vida y la boca inmóvil, como sellada con pegamento. El pelo duro a los costados de la cara blanca y eso que salía de sus orejas.
Abrió los ojos y lo primero que vio fue el ventilador en el techo. El dolor de cabeza había desaparecido y ya no escuchaba gritos en su cabeza. Sólo algunos murmullos que de vez en cuando crecían hasta hacerse claros, pero después volvían a bajar. Garmendia, de espaldas, fumaba mientras leía unos papeles pegados en la pared del comedor.
– ¿Te explotó la cabeza?– Preguntó Garmendia.
– …
– No fue tan terrible ¿Qué soñabas?
– No te importa. ¿Queda algo en la botella?

Esteban trataba de entender qué había pasado y lo que le estaba pasando ahora. No había tomado las pastillas y la cabeza no le había explotado. Y, aunque por momentos parecía que la hecatombe iba a empezar de nuevo, las voces ya no le molestaban tanto. Se sirvió en un vaso sucio lo que quedaba en la botella y se quedó pensando un largo rato, con la cabeza entre las manos. Trató de recordar cómo era todo antes de conocer a Ferrari y en ese momento entendió lo que había pasado. Hace un poco más de diez años, las voces eran como las estaba sintiendo en ese momento. Algunas veces molestaban un poco, otras casi ni se oían, pero podía hacer una vida normal. Tenía un trabajo digno, no como esto que hace ahora, tenía mujer, y tenía a su hija. En ese momento él creyó que conocer al médico fue una casualidad, pero ahora todo le cerraba. Quizás Garmendia tuviera razón y Ferrari estaba experimentando con ellos. Quizás había más que sufrían con las voces, quizás la mujer del tren fuera uno de ellos (y eso explicaba lo que pasaba cuando estaba en la estación) y quizás la enfermedad no fuera tal. O quizás todo fuera un sueño del que todavía no había despertado.
Abrió la puerta –que ya no tenía llave– y salió a la calle sin decir nada. Llovía y no le importó mojarse. Caminó algunas cuadras esquivando las puntas de los paraguas que algunas viejas se empecinaban en apuntar a sus ojos, y se sentó en el banco de una plaza. Un auto blanco se detuvo enfrente, la puerta se abrió y bajó una chica que fue corriendo a refugiarse en el alero de la puerta de la casa. Desde ahí tiró un beso con la mano y el auto se alejó bajo la lluvia. Esteban pensó que había perdido mucho tiempo pero que todavía no era tarde. Uno de estos días se animaría y le diría cuánto había pensado en ella en estos diez años.

viernes, 4 de enero de 2008

Día cuatro

Miró por la ventana y vio que ya era de día. Se levantó y abrió la persiana hasta arriba. Corrió la cortina y se quedó mirando la calle un buen rato. Después comenzó a sentir que alguien pensaba en ella y se dio cuenta de que estaba en la ventana tal como había salido de la cama y un hombre la miraba desde el balcón de enfrente. Fue hasta el baño y se lavó los dientes primero, después se metió en la ducha. Los chicos seguían durmiendo cuando el horno a microondas emitió un pitido avisando que se había calentado el café de ayer, así que fue hasta el cuarto de ellos y les abrió también la persiana.
Ya en el camino a la estación, después de dejarlos en el colegio, pensó en lo que le pasaba todas las veces que entraba en el tren o subía al andén. Era como si, por decirlo de alguna forma, cada vez que se acercaba a las vías del tren algo bloqueara su capacidad de escuchar las mentes de los demás. Aunque había días en los que no sentía lo mismo, la mayoría de las veces le parecía que tenía a alguien tratando de entrar en su cabeza. Por eso había días en los que tomaba el tren en la estación anterior, con lo que la sensación de que algo le hurgaba la mente no aparecía hasta que el tren pasaba por la estación de siempre.

Subió lentamente los escalones del andén, cuidando de no romper un taco en el intento y sacó boleto en la boletería. Esperó pacientemente a que llegara el tren después de su habitual retraso y se dejó llevar por la masa que la empujó hasta el centro del vagón. Sólo cuando estuvo acomodada y se pudo relajar un poco, trató de encontrar la sensación que tenía todos los días, sin conseguirlo. Ese día no había nadie tratando de hurgar en sus pensamientos, y podía entretenerse escuchando lo que pensaba la gente a su alrededor. Comenzó a mirar por la ventanilla y pronto pudo conseguir un asiento de alguien que bajó en Liniers. Se apuró a sentarse y disfrutó de la comodidad que ahora tenía. Llegó a la terminal, tomó el subte y en un rato estuvo en la oficina preparándose el segundo café de la mañana. El sol brillaba sobre los autos que pasaban por Corrientes y la gente se agolpaba en las esquinas tratando de ganarle a los semáforos. Era la primera en llegar al trabajo y siempre tenía unos minutos de paz antes de que el trajín comenzara. Todo parecía indicar que ese sería un buen día, sin sobresaltos ni complicaciones y sin embargo sintió que algo no estaba bien, que había algo que le faltaba. De repente comprendió que se sentía sola.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Día tres

En su casa no tenía más que unas botellas sucias y dos atados de cigarrillos empezados. La heladera vacía, salvo por una olla con restos de comida que en algún momento había echado hongos y que ahora estaban secos. En la alacena nada más que cucarachas y alguna que otra polilla compitiendo por dos o tres migas de lo que alguna vez fue un paquete de Criollitas. El mate tenía la yerba dura como una piedra y no pudo sacarla del todo para armar uno nuevo. No importaba mucho, ya que una vez que lo llenara de nuevo y le pusiera agua caliente no se iba a notar. El timbre sonó puntual a las seis y media y Garmendia, con pasos arrastrados, abrió la puerta sin mirar quién era.
– Creí que no ibas a venir –dijo con esa voz arenosa de vivir de ginebra y cigarrillos negros.
– Siempre vengo –contestó Esteban.
– ¿Querés un mate? Recién lo preparo.
– No. Tengo acidez.
– Sentate –le dijo, al tiempo que le alcanzaba un vaso sucio y se lo llenaba de ginebra de la más barata– tenés que escuchar esto.
– …
– Ferrari no es médico.
– ¿Cómo sabés?¿estudiaste ingeniería con él?
– A veces podés ser tan forro. No te imaginás las ganas de cagarte a piñas que me dan cuando decís cosas como esa. No, busqué en el registro de médicos, no figura.
– ¿Y? puede ser que nunca se haya matriculado o que hayas buscado en el registro equivocado. Qué se yo, pueden ser tantas cosas. La verdad es que no me importa. Para el caso, es lo único que tengo, lo único que tenemos.
– ¿Pero no entendés que eso confirma lo que siempre pensamos?
– Pensaste –dijo Esteban, mientras comenzaba a buscar algo en los cajones del aparador– ¿dónde tenés las pastillas?
– No tengo, no las tomo más –dijo Garmendia, y se quedó mirando con una admiración casi siniestra cómo cambiaba la cara de Esteban.
– No seas pelotudo, dame las pastillas. Ya me duele la cabeza. ¿dónde están?
– Las tiré por el inodoro el miércoles –le contestó riéndose como si fuera una broma.
Esteban comenzó a transpirar y llegó hasta la puerta con intenciones de marcharse del lugar. Había dejado la billetera en el cajón de la oficina y podría correr hasta allí para llegar antes de que las voces comenzaran a gritar. Pero Garmendia había cerrado con llave y no lo iba a dejar salir. El tipo era mucho más fuerte que él y por más que luchara, no iba a poder salir del lugar si el otro no lo dejaba. Entonces trató de calmarse, se sentó en el sillón destartalado y bebió el vaso de ginebra de un trago.

En un principio parecía que las voces no iban a llegar nunca, pero al rato se dio cuenta de que era demasiado tarde para hacer nada: podía escuchar lo que cada una de las personas del sucio conventillo pensaba sin poder separar a quién pertenecía cada uno de los pensamientos. A cada segundo nuevas voces se iban sumando sin parar y parecía no haber límites en la cantidad de cosas que escuchaba. Llenó otro vaso y se lo tomó sin respirar mientras Garmendia lo miraba extasiado. Faltaban segundos nomás para que la cabeza le explotara, como en esa película que había visto en los ochenta, cuando se recostó en el sillón con los ojos cerrados y las manos tapándose las orejas. Parecía que su cerebro se inflaba con cada pensamiento que escuchaba y que la presión haría que su cráneo estallara manchando la casa de Garmendia. Por lo menos ese hijo de puta no se la iba a llevar de arriba, pensó, sino que tendría muchísimo trabajo limpiando los pedazos de masa encefálica mezclados con trozos de hueso, piel y pelos desparramados por el living. Y luego tendría que dar explicaciones a la policía y quizás algunos días se podría comer en cana. Pero nada de eso pasó, sino que se quedó dormido. Y soñó.

Día dos

– ¿Alguna vez le bajaste la dosis a alguien para ver que pasaba?
– Sí, al principio hicimos muchas pruebas para ver la reacción de la gente, hasta encontrar la dosis exacta de droga que permitía controlar las voces sin los efectos colaterales.
– ¿Y dejaron el trabajo por la mitad?
– Más allá de tu comentario sarcástico, fue lo mejor que pudimos hacer con las herramientas que teníamos, trabajando en la clandestinidad, sin ayuda oficial ni nada por el estilo, para curar el Mal. Hoy el grupo de científicos que estudió la enfermedad y su posible cura, tiene puesto el foco en tratar de disminuir esas alucinaciones.
– Garmendia dice que no son alucinaciones, y yo estoy empezando a creer lo mismo. ¿Ves estas marcas? Ayer soñé que estaba con una mujer y a la mañana desperté con esto.
– Es llamativo cómo la psiquis puede influir en la parte física de un individuo ¿nunca escuchaste el término psicosomático?
– Sí, lo escuché alguna vez que trataron de explicarme algo que no sabían cómo explicar.

Camino a su casa pensó en María. A estas alturas ya debería tener quince años y estaría pensando en alguno de los chicos que le gustaba. La vida estaba pasando frente a él y no podía hacer nada para subirse a ella. Cruzó la calle y se metió en el bar.

Día uno

Como todas las mañanas, Esteban se despertó del dolor de cabeza que tenía. Se sentó en la cama frotándose las sienes y buscó en el cajón el blister de Puredata. Sacó dos pastillas, las puso en la palma de la mano y se las tragó sin beber nada. Esperó mirando el techo a que las voces se callaran un poco y luego comenzó a vestirse. Era muy tarde y no creía poder llegar a tiempo a la oficina. Seguramente su jefe no iba a decirle nada, pero lo miraría con esa cara de severidad que tiene cuando algo no le gusta.
Ya en la calle, comenzó a caminar a paso veloz para llegar lo antes posible hasta su auto, pero mientras más rápido caminaba, menos avanzaba. Era como si, de alguna forma, la vereda se deslizara bajo sus pies como esas cintas para correr que hay en los gimnasios. Y por más que se esforzara en correr, la cinta corría en dirección contraria y las cosas parecían quedar siempre en el mismo lugar. Entonces se rindió y se dejó llevar. Llegó junto al vehículo con la sensación de haber caminado durante horas y quiso abrir la puerta para sentarse a descansar en su interior. Pero había olvidado las llaves en su cuarto, y ahora recordaba que habían quedado en el cajón, justo al lado de las pastillas. Quiso salir de ahí. De alguna forma había logrado entrar al auto sin usar las llaves pero no podía salir. Las puertas no tenían manijas y habían desaparecido los botones que accionaban las ventanillas. Todo el interior del auto parecía estar cubierto con tela, como si fuera una sábana, la misma sábana de su cama. Con gran desesperación, corrió la tela de su cara y entendió que todavía estaba en la cama.

Eran las cinco de la mañana y faltaban dos horas para que sonara el despertador. Por la persiana enrejada entraban los primeros rayos de luz que rebotaban por todo el cuarto como si hubiera una bola de espejos en el techo. Le dolía la cabeza y oía las voces como si vinieran desde el departamento de al lado. Abrió el cajón y sacó dos Puredata para tomarlas con el vaso de agua que había dejado en la mesa de luz la noche anterior. Se levantó y fue hasta el baño, orinó sin mirar y luego se pasó agua por la cabeza para mitigar el dolor. Se tendió en la cama y así quedó hasta que a las siete finalmente sonó la alarma.
En el andén dejó pasar dos trenes esperando que llegara ella. Aunque no apareció, subió en el tercero porque iba a llegar tarde y no era día para soportar miradas inquisidoras. El tren iba repleto, la gente se apretaba contra las puertas y en cada estación seguían subiendo más y más. Siguiendo la masa informe de personas a la que en ese momento pertenecía, se fue corriendo hacia el interior del vagón como si todo el grupo fuera un único fluido viscoso. Llegó hasta el medio entre dos puertas y se quedó extasiado mirándola. Estaba sentada mirando pasar la ciudad por la ventana, sin que nada de lo que pasara dentro del tren la afectara. Deseó no haber tomado las pastillas para poder saber qué pensaba, qué hacía, qué sentía. Una tarde hace un tiempo había sentido que ella pensaba en alguien. Fue aquella vez en la que se le terminaron las píldoras y no tenía más encima. Pero recordaba con pesar la desesperación por llegar a su casa y cómo en su cabeza las voces iban llenando cada rincón hasta hacerla casi estallar. A partir de ese día, nunca dejó de llevar una dosis extra de Pure escondida en su billetera y nunca más pudo sentir algo de lo que ella pensaba.